Con el estruendo el pajarraco había soltado la moneda de la suerte y sin pensármelo dos veces me lancé al vacío para conseguirla. No pensé en las consecuencias del castañazo padre que me podía meter saltando desde tan alta altura, ni en la de chichones y moratones, sólo quería coger tan preciado tesoro. Pero quien sí pensó en mí, fue mi dulce rubia que me agarró por el pie y ahorrándome de paso acabar hecho un acordeón, como para acabar el resto de mis días en un estado lamentable.

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